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    Bernard Campbell

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  2. Nombre y Apellido que vayas a usar ingame: Darío Teller Edad y fecha de nacimiento (REAL): 27 años, 22 de mayo de 1992 Experiencia previa en roleplay: Empece a rolear en GTA V en verano de 2018, anduve en varios servers hasta que coincidí con Elesstra y hemos roleado juntos desde entonces Historia completa de tu personaje (como lo interpretaras, de donde viene, que pretende ser, sus aspiraciones y sus miedos etc...): Hola, mi nombre es Darío Teller. Nací y crecí en New York. Un cinco de mayo de mil novecientos noventa y ocho comenzaba toda esta mierda que podríamos llamar, mi vida. No podría decir que fui un niño desdichado, que me educaron mal, que la culpa la tiene el sistema... Toda esa clase de escusas que se suelen decir después de cometer un delito. Así comienza esta nueva etapa, de camino a un lugar donde jamás hubiera querido acabar, Los Santos, por un delito que nunca debí cometer y sobretodo, con el peso que conlleva la carga de traicionar la confianza de quien es imperdonable tal cosa. Pero eso es algo que contaré más adelante, ya que esta historia sí que comienza con un niño. Un niño desordenado, nervioso, curioso, algo desobediente, pero sobretodo muy querido, querido por unos padres modélicos. Sue y Mike Teller, que decir de ellos, Ambos nacidos en el campo de batalla que es la ciudad de New York, no conocieron la calma. Ella es una mujer fuerte, capaz de encargarse de todos los problemas que pueda cargar en sus espaldas, nunca la vi rendirse. Lo primero que llama la atención de ella es su larga melena roja, todos la conocían con solo verla; me alegro de haber heredado ese característico rasgo. Mike, al contrario que mi madre, siempre ha sido una persona estricta, mas introvertido y algo menos cariñoso. Se preocupó por mí y sobre todo por mi futuro profesional cada minuto que pudo. Militar por profesión, se notaba que lo llevaba en la sangre, cada paso que daba, cada palabra pronunciada, reafirmaba su posición. Mi infancia estuvo marcada por una educación polarizada. Cuando Mike trabajaba, la casa se inundaba de paz. Recuerdo el olor a incienso, mezclado con los aromas que salían de la cocina; las largas tardes de juego con Mamá y las películas que devorábamos. Había otros días que Mike se quedaba en casa, nos despertábamos todos muy pronto, comenzábamos la mañana con deporte y un desayuno que tumbaría a un jugador de “NBA”. Tras unas largas sesiones de deberes y de entrenamientos, si te quedaban fuerzas tenías un rato libre antes de cenar y acostarte a las siete en punto de la tarde. Mis mejores recuerdos de esta época siempre vendrán de esos fines de semana cuando cogíamos el coche y nos íbamos a Central Park. Nos pasábamos todo el día ahí, lo más divertido era ver como Mike se olvidaba esa tarde de todas sus presiones. Jugábamos horas y horas, y esas veces no eran entrenamientos. Mi colegio era Moordale High, fui un niño de bastantes buenas notas. La presión de Mike hizo que me esforzase mucho. Gracias a él, también fui siempre notable en el deporte. Mi capacidad para hacer amigos, si es que alguna vez tuve alguna, se la debo a mi madre y el empeño que puso siempre en que pudiera ver a mis amigos y pasar el rato con ellos, ya que Mike prefería que pasara el tiempo libre entrenando. En Moordale High se podían cursar todos los grados escolares, así pude pasar todos esos años con Alice Parker, éramos inseparables. No recuerdo ni cuando la conocí, simplemente siempre estuvo allí. Hasta aquí mi vida era, perfecta, pero poco a poco algo cambió. Mi primer enfrentamiento con Mike llego por algo tan insignificante como son los videojuegos. Al salir del colegio con trece años empecé a jugar con la Playstation II que me regalaron por mi cumpleaños. Inmediatamente me enganché, pasaba horas y horas jugando. Lógicamente mis resultados en el colegio empeoraron y comencé a suspender asignaturas. Conseguí esconder mis notas un año entero, ya que mis padres nunca se imaginaron un descenso tan importante. Al acabar el curso, como era habitual, mi tutora llamó a mis padres para reunirse. Ellos entraron en el despacho mientras yo me quedé sentado por fuera. Al terminar la reunión, ambos salieron con expresiones muy distintas en su rostro. Mike me miró fijamente, en silencio; en sus ojos se podía ver la ira que tenía en ese momento. Mi madre simplemente contuvo su mirada hacia abajo. Se dirigieron hacia el coche y me limité a seguirlos en silencio. Al llegar a casa, Mike tenía las manos cerradas haciendo presión en ellas, fue a mi cuarto y empezó a meter en una bolsa todas las cosas que a mí me gustaban. Cogió la bolsa, se fue de nuevo al coche, y nunca más supe que pasó con ellas. Miré a mi madre, pero no le dije nada, en su silencio se notaba la tristeza que desprendía. A partir de ese día, todo fue un tira y afloja. Normas cada vez más estrictas, tutores que venían a casa, castigos de interminables horas en mi habitación. Por mi parte empecé a escaparme de las clases, busqué un Ciber donde gastar mi paga, mientras la mantuve. Un tiempo después, viviendo entre dos aguas, aprobando por los pelos, asistiendo a clase lo mínimo necesario. Ya tenía dieciséis años, llevaba ya unas semanas sin dinero, no podía hacer nada cuando me escapaba. Encontré trabajo en un cine cercano a casa, emocionado comencé mis primeros días de trabajo. No hacía más que limpiar, colocar los recambios de la máquina y si tenía suerte al final de semana tendría tiempo para ver una película. Al acabar mi primera semana me dieron mi salario perteneciente. Atónito mire una cantidad que no se acercaba ni a una parte de esa paga que tanto había obviado. Enojado tiré la gorra roja del cine y no volví por ese lugar. A la salida del cine me vieron una panda de chavales algo mayores que yo. Fumaban mientras escuchaban música y reían en el callejón de detrás del cine. Haciéndome señas me indicaron que me acercase, sin saber si de verdad se preocupaban por mí, o solo buscaban reírse del pobre chaval que había salido con un berrinche. El caso es que cada tarde fui a ese callejón a partir de ese día, mis padres creían que seguía trabajando en el cine, por lo que era perfecto. Tenía coartada para varias horas de libertad. Ese año lo pasé buscando el equilibrio perfecto entre ir al colegio, ver a mis amigos y conocer un mundo que no se me había enseñado. Gracias a que eran todos mayores que yo pasaba desapercibido, pude pasar a locales de conciertos, probé mi primera cerveza, pude conducir un coche y por otra parte aprendí a costearme todo aquello. Era tan fácil como vender relojes. Por aquel entonces no sabía lo fácil y rentable que recoger relojes “perdidos”. Sabía que estaba mal, pero era como un juego, una competición por ver quien conseguía la presa más cara. Bueno, pues resulta que yo era la presa. Mike llevaba días siguiéndome la pista. Parecía el robo más fácil del mundo, un hombre mayor con un reloj grande ostentoso. El hombre estaba sentado en un banco con el brazo recostado por encima del respaldo, estaba ofreciendo el premio gordo. Debí haberlo sabido, fue acercar la mano y me agarraron por la muñeca con una firmeza que me resultaba familiar. Era Mike, mirándome fijamente, me quede sin aire, sentía que quería escapar, pero no era capaz de sacar el coraje necesario. Sus palabras resonaran en mi cabeza para siempre: “Ya perdiste la oportunidad de ser alguien, ahora también la de ser honrado”. Esa misma noche podía escuchar desde mi habitación la discusión que estaban teniendo mis padres. Pero no quería escuchar. Me puse la almohada encima de la cabeza y me dormí. Al día siguiente nadie me despertó como solían hacer. Fui a desayunar y ahí estaba Mike, serio, mirándome fijamente. Me senté en la mesa sin decir nada. A los pocos minutos empezó a hablar: - ¿Sabes qué cosa es de las más duras de esta vida? - ¿El qué? - Que maten a tu padre y que tu mejor amigo estés más pendiente de su nueva y fabulosa profesión de delincuente. - ¿De qué hablas? - De nada. Llama a tu amiga. Acto seguido fui corriendo a llamar a Alice. Me cogió el teléfono y entre lágrimas me contó sucedido. Rápidamente me desplacé hacia su casa y nos fuimos a un parque que había al lado. Me explicó que su padre había sido asesinado mientras estaba de servicio a causa de una redada que hicieron. Después de un largo silencio me dispuse a contarle lo que había hecho estos días, pero no me juzgó. Supongo que su cabeza, en ese momento, no estaba para ese tipo de cosas. Estuvimos un rato ahí y a las dos horas nos fuimos. Mañana era el funeral del padre y quería descansar. Todos fuimos a ese funeral. Fue desgarrador. Cuando terminó, me dirigí a Mike para decirle que quería volver al colegio. Él simplemente, asintió con la cabeza. Todo volvía a la normalidad con el paso de las semanas. Por las mañanas iba al colegio, por las tardes entrenaba con mi padre, y a veces me iba a beber unas cervezas con Alice y algunos colegas. Esa fue mi vida durante año y medio. En una de esas tardes noches, en donde me encontraba en el bar bebiéndome una caña con el grupo, me tropecé con alguien inesperado. Allí estaban de nuevo, aquellos chavales mayores mirándome desde la alejanía. Me hicieron un gesto para que me acercara y fui. Me preguntaron que dónde me había metido y demás. Les conté brevemente todo lo que había pasado. Ellos se rieron y me empezaron a decir que no sabían que era un niño de papá, donde él decidía todo por mí. Yo les contestaba que no, que yo era dueño mi vida y hacía lo que quería. Se rieron de nuevo y en un acto de valentía les dije que iba a demostrar. Así es como nuevamente comencé a meterme en líos. Mi rutina era la misma, pero pasaba menos tiempo con mis amigos para poder irme con esos chavales un rato. Siempre nos veníamos en una casa que parecía abandonada, ya que estaba en muy malas condiciones. Allí bebíamos y fumábamos y hablábamos sobre ser los reyes del mundo. Con ellos aprendí a cultivar marihuana, a venderla, a ocultarme para que nadie sospechara, a robar pequeñas cosas para salir del paso, etcétera. Tenía una especie de doble vida, y nadie lo sabía. Aprendí de los errores del pasado y esta vez nadie me pilló. Escondía bien mis cosas, preparaba con antelación mis coartadas, siempre intentaba estar un paso más adelante que Mike; para que no me pasara lo de la última vez. Y así me mantuve bastante bien durante añito y medio. Pero algo salió mal un día. Realmente no salió, sino que hice el imbécil. Había llegado de estar con los chicos, fue un día redondo realmente. Los negocios que había hecho ese día me salieron bien y estaba contento, con el ego subido. Cuando llegué a mi cuarto, decidí que era buena idea liarme un porro y fumármelo en la ventana, como manera de celebración. Pero me lo cargué tanto, que sin querer, me dejé dormir. No guardé ni el porro, ni la maría sobrante, ni el tabaco, nada. Cuando Mike vino a despertarme como todas las mañanas encontró todo obviamente, no estaba ni escondido. Pegó un fuerte grito, me desperté, lo miré, y en ese instante supe que ahora sí que la había cagado bien. Hubo una gran discusión en casa. Mike estaba lleno de ira, mi madre no daba crédito a nada de lo que estaba sucediendo. Me preguntaban cosas y yo no decía nada, solo agachaba mi cabeza. Mike estaba tan cabreado que, a veces, no podía decir una frase bien. En un momento, cogió su teléfono y empezó a hablar con alguien de mí. No sé quién era. Como vio que estaba escuchando, me mandó a mi habitación. Una vez allí yo llamé a Alice y le conté lo que había pasado, y lo que había estado haciendo este tiempo a escondida de alguien. Ella me llamó imbécil, me dijo que no sabía si era tonto por dedicarme a eso sin necesidad, o lo era por pensar que fumarme un porro en mi cuarto sería buena idea. Finalmente me dijo que me esperara lo peor. Ese día me sentía super idiota. Había estado tanto tiempo pendiente de todos los pequeños detalles para que todo fuera bien, que ni siquiera yo entendía por qué había hecho eso. Me pegué todo el día encerrado en mi cuarto sin saber qué hacer, ni que decir. Pero Mike lo haría por mí. Llegó a mi cuarto con mucha firmeza y literalmente me dijo: “Te voy a hacer el mejor favor que te harán en la vida. El lunes empiezas en la Academia Militar de los Estados Unidos, West Point. Ahí es en donde me formé yo. Y tú harás lo mismo. Vete mentalizándote, porque serán cuatro años fabulosos para ti”. Me quedé en silencio aceptando mi destino. No tuve valor para decir que no, aunque no quisiera ir. A mí no me gustaba ese mundo, pero acabé allí. Fueron los dos años más largos de vida. Todo era muy sistemático. No podías hacer nada diferente. Todas las semanas eran exactamente iguales. Lo bueno de aquel lugar era que, al tener un buen comportamiento, podía seguir yendo a tomarme una caña con Alice de vez en cuando. Ella me contaba sus historias, yo las mías y pasábamos una tarde agradable. Al menos tenía a alguien que me consolara en una vida que no sentía que fuera mía. Una tarde estaba allí esperando, en el bar de siempre, con mi cerveza en la mesa. Pero Alice no llegó ese día. Seguidamente recibí un mensaje que ponía: “Tío, hace unos días me fui a Los Santos. Pasó algo raro y mi madre quería que nos fuéramos a Arizona con mi tía. Me despedí de ella con una nota y me fui. No sé qué me esperará aquí, pero tengo claro que, por una vez, me gustaría vivir. No ser una consecuencia de las cosas que ocurren a mi alrededor. Sé que estás metido en un sitio que no es el tuyo. Cuando quieras irte, llámame. Aquí estaré, como siempre, esperando a tomarme una birra contigo. Cuídate y no la líes.” Ese mensaje me dejó frío. Ella no era una persona que hiciera las cosas mal. No se metía en líos, pensaba las cosas tres veces antes de hacerlas. Así que, supongo, que si ha decidido eso, sus razones de peso tendrá. Durante un mes estuve dándole muchas vueltas a las cosas, a mi vida, las situaciones que había tenido. Pensé en mi madre, en Mike, en mí. Pero Alice tenía razón, nunca había vivido tomando yo mis propias decisiones. Siempre había alguien por encima de mi diciéndome lo que tenía que hacer. Cuando no era Mike, eran mis malas compañías; y ahora era mi superior el que decidía hasta lo que podía comer ese día. A la mañana siguiente, cuando me desperté, me armé de valor y me dispuse a hacer algo que nunca había hecho; decir no a alguien. Acudí al despacho de mi superior para decirle que no quería seguir allí, que me iba. Él asintió, me dio unos papeles que tenía que firmar para renunciar y firmé. Recogí mis cosas y me fui de allí. No avisé a nadie, ni a mis padres, me daba miedo de cómo se podrían sentir. Directamente saqué mi billete de avión esa misma tarde, para poder irme cuanto antes a Los Santos. Y aquí estoy ahora, pisando una nueva tierra, una nueva vida. Deseando llamar a Alice para contarle que, por una vez, he decidido hacer lo que yo quiera con mi vida. Personalidad: Darío Teller es una persona muy cercana a los suyos, pero con una clara falta de empatía hacia el resto de este mundo. Desconfiado, no encuentra su lugar en el mundo. Se deja llevar fácil, sin ser manipulable, pero sin pensar mucho en las consecuencias de sus actos. Expectativas: Darío cansado de que su vida sea manejada por terceros. Llega a Los Santos buscándose a si mismo. Se ve capaz de apuntar alto y con capacidades de buscarse la vida como él elija.
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